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viernes, 20 de febrero de 2009

60. Ante todo, comunidades de Jesús

Esta reflexión tiene como origen una afirmación que se hizo en la reciente reunión de la Coordinadora de Comunidades. En esa reunión se afirmó en cierto momento que la comunidad ideal que tan bien conocemos todos y que muchos tenemos como referencia, la de Hechos 2, 44-46, había fracasado como modelo comunitario y había quedado superada por el éxito de las comunidades más grandes y heterogéneas que después va fundando Pablo, que en cierto modo han sido el modelo de las comunidades parroquiales de la Iglesia durante siglos y hasta hoy (eso sí, dejando de lado dos características importantes como son la autonomía de las comunidades en la elección de sus líderes o la posibilidad de líderes femeninos).

Puedo equivocarme, pero me pareció entender en esta valoración tan negativa una reivindicación en favor de la gran comunidad parroquial, en oposición a la realidad de nuestras pequeñas comunidades. Una oposición que no veo por qué tiene que existir y que en la realidad que hemos vivido casi todos nosotros en Satri no ha existido nunca: al contrario, la Vida de la comunidad parroquial de Satri siempre se ha alimentado y nutrido en abundancia de la Vida surgida en las pequeñas comunidades y grupos.

La reunión de la Coordinadora del martes no era probablemente el momento de enredarnos en un debate sobre qué debe o no debe ser una comunidad cristiana. Sin embargo, se trata de un tema muy importante, crucial para todos nosotros ya que hemos optado por ese modo concreto de vivir la fe en comunidad. Es esta importancia, junto a mi convicción de que las pequeñas comunidades han sido y son una de las grandes riquezas de Satri (que es en buena medida, aunque no sólo, claro está, una Comunidad de Comunidades), la que me ha llevado a la reflexión que aquí os planteo.

No creo que el éxito o el fracaso históricos puedan dar una referencia de cuál es el ideal que debemos seguir como cristianos (si acaso, apostaría más bien porque está más cerca del segundo), ni tampoco del modelo de comunidad cristiana válido. De entrada, seguimos a alguien que en vida fracasó rotundamente, el propio Jesús. Y la grande y más exitosa Iglesia de la Historia, la que el propio emperador Constantino lleva de la mano al poder absoluto y a la que agasaja, y que llevó a algunos obispos a pensar si no se encontraban ya en el mismo Reino de los Cielos, me parece tan lejana al mensaje evangélico como puede ser imaginable.

La comunidad de Jerusalén supone una continuidad de la comunidad original de Jesús, fundada por quienes fueron parte de ésta, los apóstoles que le conocieron y siguieron durante varios años. La fraternidad, el grado de comunión casi radical (la importancia de la comunión de los bienes queda patente en el duro episodio de Pedro, Ananías y Safira que describe Hechos 5), es claro que surge a imitación del que Jesús debió exigir a su propia comunidad itinerante, donde Judas ejercía el "ministerio de tesorería" gestionando la bolsa compartida, probablemente muy escasa. Por eso mismo Hechos 2 es posiblemente la mejor fuente posible de inspiración (aparte del propio Evangelio), el ideal de comunidad basado en el modelo que Jesús proponía, un grupo verdaderamente fraterno construyendo Reino al modo de Jesús:

"Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno. Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón. Alababan a Dios y gozaban de la simpatía de todo el pueblo."
Aún así, es cierto, no puede negarse que hay un cierto signo escatológico en esa radicalidad, fruto también de la creencia en la inminencia del fin de los tiempos.

Cuando Pablo comienza a fundar comunidades, parece que opta por un compromiso. Para garantizar el éxito de sus comunidades y tener unas mayores posibilidades de aceptación social, Pablo debe ser práctico y renunciar a la radicalidad de esa comunión. No hay ya por tanto comunión de bienes, hay divergencias culturales y sobre todo sociales y económicas acentuadas, que incluso hacen que la primitiva eucaristía, la cena compartida en memoria del Señor, pierda parte de su sentido de comida real y se convierta en algo sólo simbólico, lo que el propio Pablo critica. Aunque Pablo tiene una teología profunda y ofrece preciosas reflexiones sobre el amor, creo que en la vida de sus comunidades se pierde una radicalidad práctica que sólo la carta de Santiago, el hermano del Señor, retoma en todo el nuevo Testamento. En mi opinión salta a la vista que resulta más fácil apuntarse a una de las comunidades de Pablo que a la de Hechos 2. Quizás no le queda más remedio que optar por esta renuncia, buscando la máxima expansión del movimiento del que se ha hecho adalid. Y también es posible que Pablo, a diferencia de los apóstoles, pueda ser más creativo ya que no está condicionado por el modelo de la comunidad de Jesús, puesto que no llegó a conocer a Jesús ni su estilo de vida personalmente. Es posible que la rápida expansión del cristianismo no hubiera sido posible con comunidades al estilo de la de Jesús, o de la de Jerusalén. Pero mi anterior reflexión sobre el éxito me sigue pareciendo válida.

Por supuesto que nuestras pequeñas comunidades, semejantes a otras muchas que surgen en muchos ámbitos de la Iglesia, basadas en un ideal de retorno al cristianismo originario que eclosiona tras el Concilio Vaticano II, no se asemejan ni de lejos al modelo de Hechos, 2. Pero si lo hicieran, creo yo, serían más parecidas a la comunidad de Jesús, más evangélicas y, personalmente, creo que es ese modelo ideal de comunidad el que resulta más sugerente, el más capaz de ilusionar.
Sin duda el modelo de comunidad de Pablo cuadra mejor con una comunidad parroquial formada por un número grande de personas, muy heterogénea, incluso en el grado de compromiso fraterno. Es difícil vivir la fraternidad a fondo (con una comunión íntima de experiencias de fe y de vida) en el contexto de una comunidad numerosa, aunque no imposible claro. Sin embargo, la combinación de ambos modelos es una muy buena apuesta, y el modelo de comunidad parroquial que hemos vivido en Satri, como Comunidad de Comunidades, creo que siempre ha facilitado trasladar al ámbito de la gran comunidad la fraternidad y el compromiso en el seguimiento de Jesús vividos y alimentados desde la pequeña comunidad de cada cual. Efectivamente, tampoco tiene sentido una pequeña comunidad aislada, cerrada sobre sí misma. La pequeña comunidad tiene razón de ser como parte activa de una comunidad fraterna más amplia, como puede ser la parroquia, y la fraternidad debe seguir extendiéndose más allá hacia la diócesis, hacia la Iglesia entera y en definitiva a toda la Comunidad Humana, hasta que seamos todos efectivamente Uno tal como deseó Jesús.

Espero que no os haya aburrido en exceso este largo texto, con el que no tenéis que estar de acuerdo (sería estupendo en ese caso que os animáseis a expresarlo en un comentario). Sobre todo, quiero que conste que está escrito desde el amor, mucho más que desde la discrepancia, y siempre desde la disposición a seguir intentando crear comunión y fraternidad en Satri, de la mano de Luis Fernando y Dioni, de cada una de las comunidades, de la de todos vosotros y sobre todo de la de Jesús de Nazaret.
Un fuerte y fraterno abrazo a todos.
Julio

1 comentario:

Anónimo dijo...

Muy interesante Julio. Quizá para retomarlo en tiempo de Pascua.
Gracias por el momento de reflexión, que también ayuda a los que no estamos en la coordinadora.
Un abrazo a todos.
Delfín (Comunidad Emaús)

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